La importancia de llamarse «España».

La carrera por la presidencia de los Estados Unidos es un acontecimientgo político mundial que tiene pendiente a todos los países ya que, de alguna manera, el gigante americano es motor del resto. A pesar de los países emergentes y del fuerte tirón que representan, Estados Unidos sigue siendo un gigante al que todos miran y sus decisiones y movimientos condicionan políticas de medio mundo.
Por supuesto que en España, a pesar de un antiamericanismo de diseño hábilmente manipulado, lo que suceda en USA interesa y de forma especial lo que acontece en los debates entre los candidatos presidenciales. Algo de la puesta en escena de las grandes convenciones políticas americanas se respira en los grandes cónclaves de los partidos nacionales y también en el papel de la televisión, que lo condiciona todo… Pero lo que no podíamos pensar es que en el primer cara a cara de la carrera presidencial, el candidato republicano, Romney, pusiera como ejemplo a España de lo que no quiere hacer en su país. Acusó a Obama de tratar el gasto público como se ha tratado en España y de ser un lastre para la economía. Algo así como si reflejara en él a un Zapatero cualquiera.
La verdad es que para colarse en el debate en la forma en que se ha producido, mejor es pasar desapercibidos, porque tras la crítica de que el 45% de los impuestos se gasta en maquinaria de Gobierno, fue la situación del paro, la pobreza y el desmesurado gasto público. ¿Estamos tan mal en España? Rotundamente no. Las cosas no están bien, pero el nuestro ni es un país tercermundista ni un referente del desatino absoluto en la gestión.
¿Qué está pasando? Pues que nuestra imagen está por los suelos, que la marca España se ha derrumbado y que el prestigio exterior no existe. De poco sirven los esfuerzos del actual Gobierno por tomar medidas para que mejore la situación si no nos sumamos todos a ello, porque además del económico, el gran problema que tenemos es nuestra imagen y confianza exterior. Este desprestigio se ha alcanzado no sólo porque hubo una gestión desastrosa en la pasada legislatura, sino porque hoy hay políticos que se empeñan en mantener su purito personal aunque sea a costa del prestigio y el bienestar de todos. A estos políticos hay que desenmascararlos, hacerles el vacío y provocar que se aparten de la política. La democracia no puede ser coartada para amparar a quienes se sirven de ella para destrozar al país al que, precisamente, tiene que dar fortaleza.

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