Hoy toca silencio…

No sé si la climatología de este alocado comienzo de primavera permitirá dar paso a ese otro tiempo de silencio que en la tarde del Miércoles Santo se hace en las calles de Zamora. No sé si la lluvia dejará completar el paso majestuoso del Cristo de las Injurias por las calles, desde la Catredral al centro de la ciudad más moderna. En cualquier caso esta noche, en Zamora, por unas u otras circunstancias…, habrá silencio.
El Cristo de las Injurias, la maravillosa imagen que preside esta noche zamorana, es mucho más que una talla en madera, es el mensaje de la paz, de la oración, de la confianza. Para los creyentes es un verdadero embajador de Dios en la tierra y es el receptor de miles de oraciones, de peticiones, de sueños… Su inmenso realismo, refleja como pocos el sufrimiento de la Pasión. Pero a la vez es la mirada dulce y serena de quien todo lo comprende, de quien transmite fe en aquello por lo que pasa y nos da prueba de la seguridad de que el suyo es un verdadero ejemplo.
Tal vez el escultor no fue consciente de la imagen que salió de su gubia, pero a lo largo de muchas generaciones este Cristo ha sido mucho más que una escultura religiosa. Me impresionó la primera vez que la vi. Se convirtió en una devoción del alma… Después, cuando pude verla en el atrio de la Catedral, allá arriba, apuntando al cielo, con la luna casi llena al fondo, se produce un nudo en la garganta y te invade la emoción. Es curioso, el Cristo de las Injurias siempre me hace sentir que mi padre sigue cerca… El sonido agudo de los clarines helaba en una noche, de la que no recuerdo su temperatura. El olor a incienso envolvía la escena con un humo gris y blanco que se confundía entre el amarillo de los cirios y el rojo del terciopelo del capuchón de los cofrades. Lentas, muy lentas, se dejaban sentir las graves notas de la gran campana de la Catedral… Cuando escuché a los cofrades decir al uinísono “¡Sí, juramos!”, sentí que el tiempo se había detenido, que todo había enmudecido y que para mi, cada Miércoles Santo, sería ya una noche de silencio.
Hoy no sé si estaré en Zamora, pero mi corazón y mi mente estarán en el atardecer del Atrio de su Catedral. Volveré a percibir el olor a incienso, golpearán las notas de la campana y en mi cabeza retumbará otra vez aquel “¡Sí juramos!”… Y volveré a sentirle cerca, volveré a notar su mano, recordaré su hábito de penitente preparado en su habitación… y le rezaré una oración al Cristo de las Injurias, para que lo tenga a su lado, para que nos ayude a todos, para que nos permita ver luz donde hay sombra y para que el silencio sea sólo meditado, lleno de sensaciones y el que dé paso a la palabra de la vida…

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