Como apunta el dicho popular, cuando se “menean” los Santos empieza a llover. Es la forma tradicional de apelar a las rogativas y devociones populares para implorar la lluvia… Pues algo de esto debe haber pasado esta Semana Santa, porque hay que ver la cantidad de agua que está cayendo en toda España. Llueve y nunca es a gusto de todos, porque los cofrades y hosteleros están que trinan. El año pasado fue año de sequía y llovió en Semana Santa. Este año no es de sequía, sino de relleno de pantanos y también llueve en Semana Santa… No sé si la causa es que se “menean” los Santos o el primer plenilunio de la primavera, pero lo cierto es que tenemos una semana pasada por agua.
La Semana Santa es una de las celebraciones tradicionales más importantes y de mayor esplendor en toda España. Cualquier pueblo, por pequeño que sea, saca a la calle la imagen de un Cristo doliente o de una Virgen llorosa, que nos recuerdan el drama de la Pasión, la preparación para la Pascua. En Castilla y León la vivimos con intensidad, con la fuerza dramática que nos transmiten las impresionantes tallas de la escuela castellana, con la intensidad del trabajo que despliegan las cofradías durante todo el año y con la pasión que le ponen los cofrades, que a veces es tan grande y tan fuera de lugar, que nos hace cuestionar el termino «hermandad» con el que se denomina a la gran mayoría de nuestra cofradías.
Pero lo cierto es que la Semana Santa es la Semana Mayor por derecho propio, por tradición, por sentimiento, por creencia y hasta por economía. Es la semana en la que se acumulan los sentimientos, los recuerdos y las emociones. Semana también de evocaciones, de encuentros familiares que ya no son posibles, de oraciones personales, de interiorización de sensaciones y sentimientos que pueden elevar nuestro espíritu y que nos llevan a pensar mucho, a plantearnos cuestiones que muchas veces no nos detenemos a analizar o a meditar porque vivimos demasiado deprisa.
Esta noche en Zamora ha salido de la Catedral el Cristo de las Injurias y se ha impuesto el silencio. No es un silencio obligado, sale de dentro… Admirar su imagen desde la acera impresiona, casi obliga a bajar la mirada y a meditar. Es noche de silencio ante la mirada agónica de un Cristo imponente al que los zamoranos (y algunos que no lo somos) rezamos durante el año en su capilla y hoy lo hacemos en la calle. Se nos cierra la boca porque la imagen de este Dios hecho hombre, agonizante o muerto en su cruz según la mirada del espectador, nos conmueve e impresiona. Apenas podemos silabear una oración sencilla pero que sale del alma y observamos atentos el recorrido de la procesión que se pierde por viejas y estrechas calles para llegar al centro de la ciudad. Otro año más, el Cristo de las Injurias de Zamora ha vuelto a ser el Cristo de todas las miradas, de todos los silencios, de todas las emociones y vivencias… El juramento de los cofrades de hoy es el de todas las personas de bien, el de todos los corazones buenos que tanto ejemplo nos dan y la promesa a nuestro Dios de que queremos cumplir y acompañarle en el inmenso dolor de estos días, que nos llevarán al esplendor de la Pascua el Domingo de Resurrección.