Que vivimos demasiado deprisa es mucho más que una frase hecha. Es una de las grandes realidades de nuestro tiempo que ya empezamos a pagar muy caro. Un estudio de la OMS señala que las enfermedades mentales afectan en el mundo a una de cada cuatro familias. Es mucho más grave que una epidemia, que tiene su origen en nuestro modo de vida y en nuestra pérdida de valores. La competitividad, el éxito, ser los mejores en todo, vestir de la mejor manera, ser los que más llamamos la atención, estar en la cúspide al precio que sea son los valores de nuestro tiempo y efectivamente, tienen un precio altísimo que no sólo empezamos a pagar nosotros, sino que dejamos en deuda a próximas generaciones.
La amistad, la solidaridad, la tranquilidad, el amor, un puesta de sol…, son valores de palabra pero no de hechos y eso empieza a ser un lastre que marca demasiado nuestra existencia. Pagamos la impresionante factura de la depresión, los transtornos del sueño, la irritación y en los casos más extremos hasta el suicidio. Estamos dilapidando la vida y no nos damos cuenta de que sólo es posible disfrutarla una vez.
Vivimos en una sociedad donde todo se juzga por el éxito, el dinero, la popularidad, la belleza… No nos paramos siquiera a disfrutar de lo mucho y bueno que proporciona tanta materialidad y la desperdiciamos hasta el punto de ahogarnos en nuestros propios fantasmas e insistir en buscar algo más. Pero hay límite, y ese límite es el de nuestra mente, por eso quebramos. Llega entonces el infierno de la depresión, de la tristeza patológica, de sentir que despreciamos lo más maravilloso que tenemos, que es la vida. Es el mal del siglo XXI al que la medicina no podrá dar remedio, porque ese remedio está en cada uno de nosotros, en nuestro interior, en la necesidad de dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.
Si no queremos hundir más esta civilización nuestra, deberíamos dedicarnos más a la familia, a los amigos, a escuchar y aprender de verdad, también de las cosas de la vida. Deberíamos saber que el triunfo y la belleza, como la juventud, es efímera y tiene un tiempo. Por eso hay que saber vivir y ser niño cuando toca; adolescente, cuando toca; competitivo, cuando toca; y maduro, cuando toca… No somos desgraciados por cumplir años, somos afortunados porque lo podemos contar y hablar de la experiencia acumulada.
Claro, el problema es que no hay sólo una crisis económica. Hay una más grande de valores y esa no ataca a nuestro bolsillo, sino a nuestra mente y a nuestra conciencia social. Como en la economía, hay que tomar medidas y esas no están sólo en manos de los políticos y los líderes sociales. Está en cada uno de nosotros… ¿Sabremos verlo a tiempo?