La tragedia del sinsentido.

A medida que vamos conociendo detalles del accidente del Costa Concordia en la costa italiana, nos vamos estremeciendo un poco más. Las imágenes de un mastodonte volcado, que poco a poco se va hundiendo cada vez más impresionan y se nos muestran como la recreación del suceso más grande de este tipo jamás acontecido, el hundimiento del Titanic, del que el 15 de abril se conmemoran los 100 años. Aquella tragedia costó 1491 vidas.
La sucesión de acontecimientos en el naufragio del Costa Concordia me confirma que hay muchos momentos en los que la ficción no puede superar a la realidad, porque ni al guionista más iluminado se le hubiera podido ocurrir una historia como la vivida por las más de 4.200 personas que llenaban el barco. Que el capitán de la nave se acercara a la costa de la isla de Giglio para hacer un regalo a su jefe de comedor, y que tras el sorprendente e inesperado choque con una roca se diera a la fuga, es algo que roza lo irreal… Si alguna certeza deberíamos tener los usuarios de los medios de transporte, sean del tipo que sean, es que sus responsables son personas preparadas y valientes, dispuestas a defender al pasaje en cualquier circunstancia a costa de lo que sea.
Pues aquí tenemos el caso de un marino muy controvertido, para unos un exhibicionista y para otros ejemplar, que ante la adversidad se bloquea y actúa exactamente de forma contraria a como debería haberlo hecho. Es el primero en abandonar el barco tras el accidente causado por su frivolidad. Las consecuencias son dramáticas, porque no sólo hay 11 muertos y 24 desaparecidos, es que estamos a punto de una catástrofe ecológica de grandes proporciones y otra de carácter económico para un paraíso natural, además de las cuantiosas pérdidas que suponen para los operadores de estos cruceros el miedo, legítimo, que muchas personas experimentarán ante la posibilidad de contratar un crucero… El peso de la justicia debe caer sobre el capitán, pero también sobre la naviera, que ha demostrado ser incapaz de tener activos planes de emergencia que deberían de existir hasta en el más mínimo detalle, en un buque que es capaz de transportar miles de personas.
El Titanic era el fiel reflejo de la riqueza y muchos vieron en aquel accidente y sus consecuencias el castigo al lujo desmedido, a la ostentación y a la soberbia. Los cruceros fueron en tiempos privativos de los poderosos, inalcanzables para las economías medias. La eclosión del turismo, la mejora de los niveles de vida y la facilidad de las comunicaciones los han puesto al alcance de todos, con precios casi ridículos si se compran con la suficiente anticipación. El ocio en los cruceros es alabado por quien lo experimenta, pero hace falta saber qué es lo que va a pasar a partir de ahora. Las imágenes de un coloso abatido, hundido por una simple roca, hacen que muchas preguntas asalten la mente de los usuarios, que probablemente se retraerán a la hora de contratarlos. Las empresas tienen un motivo más de preocupación, al que deben sumar la revisión de todas las posibles contingencias y cómo abordarlas. Sólo así lograrán empezar a remontar la tremenda historia del Costa Concordia y de un Capitán de barco llamado Francesco Shettino.

2 comentarios

  1. Y gracias a Dios q ha pasado fuera de España, sino aun le dan una medalla al capitan, en fin, mucho lujo pero paso alreves a reves q en el Titanic, quien primero salto fue el capitan y detras los musicos….

  2. La actitud del capitan de este barco es tan grave que deberían ser los responsables de otros navíos comerciales los que salieran protestando y reivindicando su buen hacer.No puede ser que los usuarios de los cruceros o de los aviones pensemos que los principales responsables de las naves van a ser los primeros en desentenderse de ellas en caso de situaciones complicadas. Yo desde luego no quiero saber nada de los cruceros.

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