La crisis lo impregna todo.

La crisis está extendiéndose a todos los rincones. Nada se salva de una corriente que tiene desconcertados a economistas, políticos, empresarios, trabajadores y sociedad en general. Las fundaciones de caridad y las organizaciones de solidaridad se ven desbordadas en todo el mundo, porque aunque hay algunos países que crecen, lo hacen en un nivel tan bajo que apenas pueden absorber las incorporaciones al mercado laboral.
Nadie sabe diagnosticar muy bien qué es lo que está pasando, ni por qué las famosas hipotecas basura y la caída de Lehman Brothers prendieron una mecha en todo el planeta que hace que de repente en los países desarrollados se mire al tercer mundo como algo más cercano. El mundo rico, que sigue siendo rico, está tocado y o se encuentran medidas globales, o la cosa va por muy mal camino…
Los científicos alertan que este siglo XXI es un siglo definitivo, porque el mundo crece a razón de 77 millones de habitantes por año y la sostenibilidad es prácticamente imposible. La tierra puede hacerse inhabitable, sobresaturada. Pedir a las economías emergentes que frenen su crecimiento es una entelequia y además ese crecimiento no se produce en términos de equidad, sino que cada vez hay en esos países más ricos-ricos y más pobres-pobres. Las clases medias no crecen y eso no aporta nada bueno al futuro. El mundo que vamos a dejar a las futuras generaciones no pinta nada bien, porque a veces da la impresión de que vivimos demasiado al día, sin pensar en lo que pasará mañana. La capacidad de previsión es cada vez menor y el cortoplacismo gana terreno a pasos agigantados, lo que más o menos nos vaticina un incierto futuro.
Me llama la atención la decisión de la Fundación Nobel, la que concede los mundialmente famosos premios, de tomar medidas para evitar que los premios puedan desaparecer en el futuro por causa de la crisis. Para ello se rebaja su dotación económica en un 20%. La Fundación gestiona el legado millonario de Alfred Nóbel, que dejó a su muerte el mandato de emplear su fortuna para cultivar la excelencia. El testamento de este químico sueco establecía que su fortuna se invirtiera en valores mobiliarios y seguros, y que los intereses se dividieran cada año en 5 partes iguales. Fue en 1900 el rey noruego Oscar II, el que promulgó los estatutos de la Fundación que debería garantizar de por vida la dotación de esas 5 partes: los premios de física, medicina, química, literatura y de la paz. Posteriormente se uniría el de economía. Hoy la Fundación ha decidido que la dotación a los premiados pase de 10 millones de coronas suecas a 8 millones, porque el patrimonio ya no produce lo mismo y la inflación de cada año hace que el capital se esté reduciendo. La Fundación quiere garantizar los premios y lo que ha hecho es prever con tiempo su futuro. Tendrán menos dinero los galardonados, pero seguirán inscribiendo su nombre en el plantel de las personas que tendrán el honor de inscribir sus nombres en la historia de la humanidad.  

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