Duelo de gigantes.

Todas las miradas del mundo están puestas en las próximas horas en Estados Unidos. Están llamados a las urnas 100 millones de ciudadanos para participar en unas elecciones que tienen pendiente a todo el planeta, no en vano se dice que se elige al que será el hombre más poderoso del mundo.
Las elecciones se juegan al todo o nada, porque Estados Unidos, con una democracia asentada y contrastad, que sólo las mentes más cerradas y obtusas cuestionan, tiene un sistema electoral que no da lugar a componendas: o ganas o pierdes. Los ciudadanos deciden por mayorías y nadie lo discute. Si en un estado un partido gana, no importa la diferencia, se adjudica todos los escaños. De esa forma se configuran mayorías estables que no ponen al país al borde del riesgo que supone utilizar la aritmética parlamentaria. A los americanos les va bien el sistema y nadie cuestiona la estabilidad del mismo.
Según todas las encuestas Obama y Romney llegan al día de la votación con un empate técnico al 49%. Algunas encuestas hablan de una ligerísima ventaja de Obama, pero lo cierto es que las espadas están en alto. Además de los candidatos de los Partidos Socialdemocráta y Republicano, hay otros candidatos, más de una decena, pero sus opciones no cuentan, su arrastre electoral es testimonial y todo depende de lo que los ciudadanos decidan sobre el bipartidismo más consagrado del mundo.
Hay quienes quieren ver en estos dos contendientes el reflejo del bipartidismo de España, pero nada más lejano de la realidad, porque en EE.UU. no hay ni la más mínima duda de la concepción del Estado y la unidad en torno a los temas de la Patria son incuestionables, hasta el punto de que el más mínimo titubeo deja fuera de la contienda electoral al que lo insinúa. En España, en cambio, las contemplaciones con las veleidades nacionalistas hacen que el sentimiento de Patria sólo aflore cuando hay una competición deportiva y que llamar al país por su nombre, España, sea más una excepción que una norma. Pero no se trata de comparar. Somos diferentes y ahora lo que está en juego es la votación para comprobar si Obama ha frustrado en los últimos 4 años el enorme componente de ilusión, esperanza y fuerza que supuso el “Yes, we can”, y los ciudadanos ceden el testigo a un Romney que llega con las recetas del saneamiento de las cuentas públicas para ganar el futuro. En menos de 48h tendremos la respuesta, tras una noche de recuento que promete ser de las más interesantes de las últimas décadas.  

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