También sucedió en San Valentín.

No puede pasar desapercibido que ayer, 14 de febrero, más de 1000 millones de mujeres protagonizaron un baile colectivo contra la violencia sexual. Dicho así puede parecer que el asunto nos es distante, pero no olvidemos que en la violencia de género hay un componente sexual muy marcado y que, a la manera del mundo desarrollado, la violencia sexual también existe en los países de nuestro entorno.
Ya he escrito en otras ocasiones que todas estas celebraciones del “día de…” me perecen algo que casi siempre se queda en anécdota y que a menudo son utilizados por grupos activistas para reivindicar, lo que acaba convirtiéndose en algún tipo de atadura. Pero en los casos de la violencia de género o la violencia sexual, los hechos adquieren tintes de dramatismo por lo inconcebible, por lo antinatural y por el componente de brutalidad que siempre lleva aparejado… Es la mujer la que sufre mayoritariamente este tipo de violencia. Es un problema de educación y de fuerza, porque toda agresión conlleva un componente de fuerza y la naturaleza ha dotado de mayor fuerza física al varón. Lo increíble es que haya auténticas bestias humanas que utilicen esa superioridad física para demostrar su poca calidad y su mínimo cerebro. Y en el cerebro, en la inteligencia, sí que somos iguales. El intelecto lo es de la persona y cuando la fuerza de la razón no sirve, se impone la fuerza física, que además se ejercita en su máximo nivel en la expresión de la sexualidad.
Casos como los de las estudiantes indias que han sufrido la agresión de pandas de indeseables que abusan de ellas hasta matarlas; casos de mujeres sometidas sólo porque quieren ser mujeres y lo exhiben con orgullo; casos de mujeres que sufren el acoso de desquiciados sin corazón, inundan los medios de comunicación ante una sociedad que parece insensible a todo lo que le rodea. Es ese individualismo a ultranza que se ha instalado entre nosotros y que nos aisla más y más… Por eso, que mil millones de mujeres del planeta unan su fuerza testimonial para clamar contra estas agresiones, no es un mero hecho folklórico, sino un grito desgarrado a las conciencias individuales y colectivas, a que se denuncie sin contemplaciones a los agresores y a que haya cada vez más formación y más educación, allí donde a la mujer se la considera menos. Una realidad lamentablemente muy vigente.

1 comentario

  1. Me alegra ser el primero, sabes que te quiero y te respeto y he de decirte que hoy tu comentario lo has «clavao», otras veces me resultan excesivamente buenistas, si se me permite el palabro, pero el de hoy , por ayer, me ha llegado muy hondo.
    Yo tampoco creo en los «días» comerciales que nos montan con tanto bombo pero tu reflexión la hago mía, con tu permiso. Besos y tenemos un cafe pendiente.

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