¡Menudo comienzo de octubre!

Acaba de arrancar el mes de octubre y lo hace bajo el sino de la incertidumbre. Es como si presintiéramos que algo va a pasar pero no sabemos muy bien el qué. Es el signo del tiempo que vivimos, donde la actualidad se mueve a velocidad de vértigo y donde apenas hay tiempo para reposar nada… Arranca el mes con los presupuestos en el Congreso, con la reunión hoy de los Presidentes Autonómicos con el Presidente del Gobierno y con la firma del decreto de disolución del Parlamento Catalán. Esperamos saber si los mercados aceptan bien las pruebas de estrés de nuestros bancos, que están mejor de lo que pensábamos, y si de una vez por todas se relaja la prima de riesgo para alejar el fantasma del rescate, esa palabra maldita que parece que lo condiciona todo. ¡Casi nada para este tiempo de otoño!… Hasta el tiempo atmosférico ha venido revuelto, porque si ahora tenemos calma con el veranillo de San Miguel, hemos pasado este fin de semana bajo el síndrome de la gota fría que no sólo ha causado gravísimos daños materiales, sino que ha provocado la pérdida irreparable de más de una decena de vidas humanas.
Cuando la naturaleza sacude con fuerza y causa tantos destrozos, siempre pienso que algo no se ha hecho bien. La naturaleza es sabia y sabe adaptarse a lo largo de millones de años a contingencias que cíclicamente aparecen. Las lluvias torrenciales en las zonas costeras de Levante y Andalucía no son consecuencia del cambio climático, son un fenómeno físico perfectamente conocido y predecible. Lo que pasa es que la voracidad humana a veces se considera invencible y contra la naturaleza es imposible ir. Las ramblas tienen su trazado no por casualidad, sino porque son el cauce natural del agua. Invadirlas o desviarlas es una aberración muy practicada que a la larga trae serios disgustos. Lo vivido este fin de semana en España es todo un aldabonazo a la ferocidad urbanística de décadas, a la imprevisión por la obtención del dinero fácil, a la permisividad para generar plusvalías y dar rienda suelta a un malentendido «bienestar». El resultado es que a la naturaleza no hay quien la pare y debería ser de sentido común no intentar alterar a golpe de especulación, es decir de talonario, sus leyes.

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