Cuando Repsol compró la petrolera YPF hace casi 14 años, la petrolera argentina estaba en una muy precaria situación económica. El gobierno del país alentó la operación en un intento de evitar el naufragio del gigante energético, que durante mucho tiempo fue el orgullo del país argentino. La gestión española fue impecable, saneó la empresa adquirida y la reflotó con todas las consecuencias. Tanto Repsol como la filial YPF, se afanaron en mantener buena sintonía con el gobierno argentino, hasta el punto que fue el marido de la hoy presidenta que la expropia, Nestor Kirschner, quien sugirió dar entrada a socios locales para mantener la identificación de la petrolera con el país. Así se abrió la puerta a un influyente grupo local, Petersen, que era puente entre el gobierno y la empresa propietaria de lo que siempre fue símbolo de la independencia energética del país sudamericano.
Repsol es solvente internacionalmente, sus cuentas son claras y sus perspectivas de futuro muy buenas, máxime con las prospecciones que se realizan en América del Sur y en particular en Argentina, en el paraje denominado Vaca Muerta, donde se han encontrado unas reservas de más de 22.000 millones de barriles de crudo… Lo que en el mundo civilizado es una buena noticia para el sector energético y para una compañía de prestigio internacional, para un gobierno populista de izquierdas se transforma en la oportunidad de castigar a la empresa, nacionalizar a la joya de la corona y alimentar el caldo de cultivo de los correligionarios más radicales. Todo ello, con un adecuado control de la información, permite hacer una operación de imagen hacia adentro que puede ser rentable para los intereses políticos del partido gobernante, pero volverá como un boomerang, que impactará como un misil en la línea de flotación de la credibilidad y del futuro de Argentina.
La situación de inseguridad, de intervencionismo de los mercados, de coartación de la libre competencia, serán un lastre de proporciones inimaginables y el prestigio argentino ya está minado en todo el mundo, lo que supondrá un freno para cualquier intención de invertir en el país. Nadie en su sano juicio se arriesgaría a poner en peligro sus negocios, y todos los países del mundo con empresas interesadas en Argentina, verán a este gobierno como una seria amenaza.
Pero, además, esta locura populista de Cristina Fernández de Kirchner, mete a Argentina en el pelotón de los países bananeros y daña, ¡y de que forma!, las relaciones con España. Legítimamente nuestro gobierno buscará alianzas en el mundo civilizado para responder a lo que es un atropello, a lo que supone una agresión a los intereses nacionales y por eso está plenamente justificada la ofensiva diplomática que ya ha comenzado y que tendrá su máximo exponente en la cumbre del G-20 de esta semana, y cuya traducción podría ser imponer limitaciones en la refinanciación de la deuda argentina. Pero hay que esperar, porque la diplomacia no es nada sencilla y en buena medida lo que pase en el futuro inmediato, dependerá de la posición que adopten Brasil y Estados Unidos. De momento España no se quedará quieta, porque lo sucedido es realmente grave…