Hay preguntas que nos hacemos con cierta frecuencia y para las que no acabamos de encontrar respuestas. ¿Por qué una persona se vuelve loca y pisotea el bien más preciado, que es la vida?… ¿Por qué quien lo tiene todo, lo dilapida sin valorar nada?… ¿Por qué nos empeñamos en vivir tan deprisa que en muchos casos acabamos por precipitarnos al vacío sin darnos cuenta?… ¿Por qué siempre queremos algo más sin pararnos a pensar en las consecuencias?
La tranquilidad de estos días del puente de Santiago se ha visto sacudida por la matanza de Noruega y por la muerte de la cantante Amy Winehouse. Por muchas vueltas que le doy, no logro entender qué pasa por la cabeza de un joven para perpetrar una masacre, la mayor de Noruega desde la II Guerra Mundial, y afirmar que era algo necesario. ¿Qué puede pasar por la cabeza de una persona para abatir a tiros, como si fueran caza, a casi 70 adolescentes (la policia noruega ha rebajado la cifra de muertos) que plácidamente participaban en un curso en una isla, hasta ahora casi paradisíaca?… Sería demasiado sencillo decir que está loco, pero esa no es la respuesta, porque su locura es una enfermedad que tiene mucho que ver con la sociedad en la que vivimos, con los odios que se generan sin demasiado sentido, con el afan redentor que otorgan las justificaciones de actuar en nombre de tal o cual ideal. No vale pensar que son ideas de ultraderecha o de ultraizquierda las que llevan a matar. Son motivaciones a las conductas de viles asesinos que además pueden estimular a muchas locuras sueltas, algunas organizadas, que son capaces de sembrar el pánico a toda la sociedad.
Anders Behring Breivik se consideraba un elegido para limpiar Europa de no sé muy bien qué. Era un hombre aparentemente normal, que un viernes de julio saltó a la fama más triste por cometer un acto de locura que ha sembrado el dolor en cientos de familias, el miedo en una sociedad que no lo tenía y la incertidumbre en una sociedad que se pregunta cuántos más Breivik habrá sueltos… Una sociedad que desconoce si se va a producir un efecto empatía que encienda la mecha de una locura colectiva de odios, de rechazos sociales y de justicieros anónimos que destrozan cualquier estado de derecho. Es el mal uso de la libertad, el mal uso de la convivencia y la demostración de la fragilidad de una sociedad que se considera demasiado fuerte y luego aparece demasiado débil; una sociedad que ha de ser consciente que estos comportamientos aislados pueden existir, pero que hay que intentar detectarlos y neutralizarlos con algo tan importante como la educación en el respeto a la vida y a los demás.
Es verdad que hay en toda Europa una corriente xenófoba que preocupa, una corriente que crece al amparo de los problemas económicos y de la irracionalidad de los gobiernos que han patrocinado aquello de “papeles para todos”. La lección de Noruega la recibimos todos cuando ya no tiene remedio, cuando el drama se ha producido. No vale ahora bajar la cabeza y pensar que es un desgraciado hecho aislado. Hay mucho por analizar, mucha lección que aprender y muchas responsabilidades por afrontar, para que este tipo de hechos no se repitan…
Amy Winehouse lo tenía todo. Una maravillosa juventud de 27 años, una voz y un talento para la música que sorprendía, un liderazgo entre los jóvenes apabullante… Lo tenía todo menos algo esencial, el respeto a sí misma. Si se hubiera respetado no habría sido la eterna borracha en los escenarios, ni habría tenido que bajarse del escenario de Belgrado, hace unas pocas semanas, porque no se tenía de pie, ni habría sido detenida por escándalo en un sinfín de ocasiones. Vivió demasiado deprisa, encontró en su pareja la piedra de molino que se ata al cuello, y cedió siempre a los extraños placeres del alcohol y cualquier tipo de droga. Nos deja el testamento en forma de dos discos que son dos joyas, que harán que su nombre se escriba con letras de oro en el Olimpo de la música. Pero a qué precio, a qué altísimo precio… el de su propia vida.
Tanto las muertes de las víctimas de Noruega, como la de Amy, eran absolutamente innecesarias. Son muertes sin sentido, son un altavoz para las conciencias y para preguntarnos en qué mundo vivimos. Si el precio de la popularidad y de la fama es este, prefiero el anonimato de cada día, el vivir en familia, con los amigos, luchando por las cosas sencillas de la vida, que son las más maravillosas… Noticias como las de este fin de semana, hacen pensar en lo especial que es la normalidad y la sencillez, en lo afortunados que somos quienes somos capaces de emocionarnos con las pequeñas cosas, tal vez con la maravillosa luz de cada amanecer…