Bastaba ayer por la tarde hacer un seguimiento de las televisiones de todo el mundo o echar un vistazo a las webs informativas de cualquier país, para comprobar el fenómeno informativo del proceso de elección de un nuevo Papa. Da igual que el Papa que vaya a ser elegido sea el número 266 de la historia, ni que los 115 cardenales que participan en la elección sean personas entradas en edad, ni que para muchos la Iglesia sea una institución demasiado anclada en el pasado; lo cierto es que hay una gran expectación por saber quién sustituirá a Benedicto XVI , el segundo Papa del siglo XXI y que va a tener que afrontar nuevos retos en un tiempo nuevo. Sí, nuevos tiempos, porque la Iglesia se enfrenta a una sociedad con problemas nuevos, con situaciones que hasta hace poco eran impensables y para las que debe dar respuestas.
Respuestas que han de ser hacia adentro, para blindarse ante situaciones graves que han dado pie a grandes escándalos que están socavando sus cimientos y dañando gravemente sus muchas y buenas actividades en el mundo actual. Respuestas también hacia afuera, hacia el pueblo de Dios, que vive una realidad que no se puede obviar y ante la que no cabe ponerse la venda como si no existieran. El papel de la mujer, las crisis de los matrimonios, la falta de vocaciones, las relaciones con los estados, la contracepción en el Tercer Mundo, son problemas que están ahí y que no se pueden despachar con una negativa a abordarlos. Tampoco se puede obviar la lejanía que mantiene una gran parte de la juventud, que no encuentra en la institución ni el atractivo ni la solución a sus problemas y a sus tribulaciones. Hace falta valentía e inteligencia, capacidad de diálogo y mucha tolerancia para buscar soluciones, para afrontar estos grandes retos, porque sólo de esta forma los fieles y los ciudadanos en general, percibirán a la Iglesia Católica como la gran institución que es, como el lugar de encuentro para la vida espiritual de millones de almas, que confían en ella y que colaboran con ella.
El nuevo Papa tiene por delante una gran responsabilidad, que no es otra que fortalecer la Iglesia de Pedro, mantener e incrementar el prestigio que siempre ha tenido, demostrar que está con los más necesitados y que da respuestas a un mundo que tiene en la carencia de valores una de sus grandes asignaturas pendientes. Por eso debe ser un hombre con experiencia, con cierta juventud, con capacidad de comunicación y con muchas ganas. Estos días los Cardenales habrán hablado entre ellos y ahora, en el Cónclave, lo hacen en la intimidad de esa obra maestra del Renacimiento que es la Capilla Sixtina. Para los creyentes, el Espíritu Santo tiene un impresionante trabajo que hacer y por el bien de todos, lo deseable es que lo haga con la maestría que ha permitido a la Iglesia Católica cumplir la palabra de Dios: “Los poderes de la tierra no prevalecerán sobre ella”.